Todos hemos tenido que aprenderlo: bucear. O quizás estás a punto de empezar — y entonces te espera una experiencia realmente emocionante.
Aprender a bucear significa dominar una serie de habilidades prácticas, pero también entender algunos conceptos teóricos. En la mayoría de los deportes —como esquiar, surfear, jugar al tenis o hacer kayak— se aprende principalmente practicando. Solo en algunas actividades, como volar, hacer paracaidismo o navegar, la teoría tiene un papel más importante. El buceo pertenece a ese grupo — y quizá más que cualquier otro deporte.
En la práctica, aprenderás a vaciar tu regulador y tu máscara, a compensar los oídos, a compartir aire en una situación de falta de aire, a nadar de forma eficiente con aletas y a comunicarte mediante señales manuales. Pero aprender a bucear también implica entender qué ocurre cuando te sumerges: cómo aumentan la profundidad y la presión, qué efecto tiene eso en el volumen y la densidad del aire que respiras, y cómo reacciona tu cuerpo. A todo esto lo llamamos teoría del buceo.
La teoría del buceo puede parecer complicada al principio. Tablas, ordenadores de buceo, leyes de los gases, normas de seguridad… Pero en realidad, la base es sorprendentemente sencilla. Cuando entiendes los principios clave, casi todo en el buceo se puede reducir a unas pocas reglas simples. De hecho, la esencia de la teoría del buceo cabe en un posavasos. Literalmente — míralo.